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A la verdad, tus cosas, oh cara cabeza!, no pueden sufrir detraccin ni ofensa, y mucho menos las cosas divinas, que permanecen en s mismas, tal como son, sin conmoverse, y no sufren dao alguno por nuestros mnimos e indignos discursos. Mas nosotros no s de qu modo escaparemos a la nota de temeridad al abalanzarnos por ignorancia, con escasa inteligencia y escasa preparacin, a cosas grandes que estn acaso por encima de nuestros alcances. Y si en otra cualquier parte y ante otros oyentes nos hubiramos decidido a hacer estos alardes juveniles, aun as hubiramos pasado por audaces y temerarios; sin embargo, al no cometer nuestro atrevimiento ante tus ojos, nuestra temeridad no pudiera atribuirse a impudencia. Mas ahora vamos a colmar la medida entera de la insensatez, si no la hemos colmado ya, al atrevernos a entrar con pies sin lavar, como dice el proverbio, en unos odos, en que viene a caminar, clara y patente, la palabra misma divina, no con pies recubiertos, como en la generalidad de los hombres, de una especie de gruesas pieles, que son las dicciones enigmticas y oscuras, sino con pies, como si dijramos, desnudos. Mas nosotros, con nuestros discursos humanos, nos hemos atrevido a meter una especie de suciedad o barro en odos hechos a escuchar voces divinas y puras. No era, pues, bastante haber pecado hasta aqu, no es menester empezar por lo menos ahora a pensar discretamente, no proseguir nuestro discurso y ponerle aqu punto final? As lo quisiera yo ciertamente; sin embargo, ya que cometo la audacia, same lcito decir primero la causa que me movi a entrar en esta liza, por si de algn modo alcanzo perdn de mi temeridad.