Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtindole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero l iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oa las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: